viernes, septiembre 22, 2006

Gobernar con el miedo

Rafael Segovia

No hay nada como darse baños de legalidad. Un voto decide el porvenir de un país, así lo quiere la regla democrática. Lo que sucede fuera de ella, está precisamente fuera, si se quiere, todo lo demás, no cuenta. De ahí las sabias propuestas que se ofrecen y se olvidan en la medida que nos favorezcan o nos dañen. Tales son las reglas de la política y es necesario obedecerlas, al menos formalmente. Conviene añadir que quienes no quieren obedecerlas, les parezcan demasiado duras o injustas, no deben participar en política. No vale, por consiguiente, llamar a la participación electoral, convertirla en un acto obligatorio, idea siempre presente en quienes se saben vencedores de antemano, pero desean ampliar su legitimidad.

Ganar con el 25 por ciento del padrón a su favor es innegablemente legal; en cuanto a la legitimidad, se presentan algunos problemas: ¿puede el 25 por ciento imponer su voluntad al 75? En principio sí, puesto que no se conoce la voluntad -si existe- de estos últimos. En lo que se refiere a las consecuencias prácticas, los del 25, amparados por su legalidad, se toparán con unas situaciones donde el apoyo puede faltarles y se encontrarán con el agua al cuello, pues en política, en el gobierno de las sociedades, hay otros factores, además de la legalidad y la legitimidad, que no se manifiestan ni se resuelven por el voto.

Algo hay que determina la duración de un partido o un hombre en este poder. En México se han lanzado infinidad de teorías sobre su duración, su formación y aplicación y de los gobiernos donde se encarnó. También se ha teorizado sobre las causas de su caída. Sobre lo que no se ha dicho una palabra es sobre cómo va a intentar gobernar el hombre, que no el partido, perfilado por ahora como el candidato vencedor. El puñado de votos decisivos va a ser bastante para conferirle la latitud indispensable para imponer, no digamos una voluntad, sino un acuerdo con quienes no son los suyos, es por ahora un misterio con un electorado dividido como con navaja. La negociación se antoja imposible ante una división tan igual del electorado.

Si los grandes políticos nacionales estuvieran dispuestos a negociar -cosa imposible-, queda todo un personal también político cuya aprobación no se conoce ni se espera; no digamos nada de las masas de votantes y abstencionistas, muchos de los cuales andan con el cuchillo entre los dientes. El gran poder estabilizador ha desaparecido, vencido por el tiempo y la liquidación de las condiciones sociales anteriores a los cambios internos del PRI: la llegada de los tecnócratas y de una derecha profundamente anclada a sus intereses, único punto de contacto con unos políticos incapaces de mantener una ideología alejada desde hace décadas de cualquier política social. Esto quedaría ilustrado por el binomio Carlos Salinas-Roberto Madrazo, cuya capacidad de actuación desapareció por la conducta política escandalosa de Madrazo y el papel de comparsa que asumió junto con los desechos del PRI. Cualquier negociación con la derecha no puede pasar por los hombres que han seguido mal que bien al frente del PRI. Éste ha quedado por ahora eliminado del juego, pese a su presencia parlamentaria. Los regateos y trampas a que se entregaron los gobernadores elegidos bajo la etiqueta de este partido, los han eliminado para siempre. A ellos y a quienes actuaron como ellos, así no hayan sido gobernadores durante la elección y la campaña.

López Obrador ha sido un candidato sin partido. De ahí su pérdida. Apostarlo todo a su persona era un atrevimiento que, en cierta manera, ha redituado: no ha ganado, pero tampoco Calderón. Gobernar en las condiciones actuales no le está dado a ninguno de los dos. La superficialidad del pensamiento de estos hombres está a la vista de todos, así como su conciencia de no tener la manera de gobernar. Podrán ceder ante las fuerzas opuestas a sus ideas y deseos, no podrán nunca llevar a cabo una construcción nacional.

El voto del miedo y, más allá, el miedo mismo se ha extendido como un reguero de pólvora. La división brutal del País plantea una situación no por esperada menos temible. Encontrarse frente a un electorado capaz de empezar a obedecer consignas de partidos y sindicatos -más de los segundos que de los primeros- puede abrirle la puerta a una intranquilidad en el mundo del trabajo que llevará a añorar al PRI y al Congreso del Trabajo, por el momento manejado no por un incompetente, sino por un ser nocivo desde cualquier punto de vista. Quisieron utilizar el miedo, sin advertir que es un mal contagioso.

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