lunes, septiembre 11, 2006

El desdén de Felipe

carlos acosta córdova

México, D.F., 7 de septiembre (apro).- Mal empieza Felipe Calderón. De manera contradictoria, ya en su calidad de presidente electo, usa un discurso conciliatorio, de llamados al diálogo pero, al mismo tiempo, antepone el desdén, con cierto dejo autoritario, por quien fue su principal contrincante, Andrés Manuel López Obrador y, en general, hacia la segunda fuerza política del país.

En su primera conferencia de prensa ya con esa investidura, a la que por cierto llegó –en la llamada “Oficina de Transición”-- con evidentes muestras de fastidio, el panista se mostró, por decirlo suave, imprudente, y de paso dejó entrever poca sinceridad en su insistente discurso en favor de la unidad y los acuerdos.

Luego de una breve introducción, dio paso a las preguntas de los reporteros. Y justo en la primera fue que se mostró como el Felipe de siempre, soberbio y desdeñoso. La pregunta fue directa: “Felipe: Andrés Manuel no te ha reconocido; Alejandro Encinas, tampoco. ¿Qué hacer ahora para poder negociar con una fuerza que, aparentemente, no te va a reconocer a lo largo de todo el sexenio? ¿Se puede gobernar así?”

Y cuando uno querría escuchar a un político congruente con su discurso público, a un político dispuesto a ganarse la confianza de la gran mayoría que no votó por él, a un político urgido de la credibilidad que no pudo darle el fallo del Tribunal Electoral, Felipe optó por una respuesta equivalente a un “me importa un comino que no me reconozcan”, o “me tiene sin cuidado lo que piensen otros”, o aun, de manera más coloquial, a un simple “me vale…”.

Respondió así de lacónico: “Quien decide quién es presidente electo de México es el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación… y el Tribunal ya lo ha hecho y eso es lo importante”.

Qué decepción. Independientemente de que no respondió el contenido y el fondo de la pregunta, ¿de veras puede Felipe desdeñar el peso político de López Obrador y su movimiento? ¿Puede hacer caso omiso de aspiraciones y anhelos de los millones de votantes que no sufragaron por él? Peor: ¿puede aspirar a los acuerdos que quiere, con esa actitud autoritaria, ajena a la concordia que se requiere en estos días? Con qué autoridad moral convoca “a todos los mexicanos, sin distingos”, a “construir juntos el proyecto de nación que queremos”.

Me parece que el problema es de estatura política y de una falta absoluta de sinceridad en sus llamados al diálogo. En la conferencia de prensa dio más muestras de que, en realidad, no le importa dialogar y llegar a acuerdos con sus adversarios más importantes. Aunque me temo que los medios no recogieron en su dimensión el fondo real de lo dicho por Calderón, y la prueba es que hoy ocuparon más espacios las notas que consignan las adhesiones y reconocimientos al recién nombrado presidente electo. Justo lo que quiere Calderón: sumar, en cantidad y no en calidad, para anular a su única oposición real.

También, en esa conferencia, Felipe dejó la impresión de que para él es suficiente y le basta con decir que siempre tiene la mano extendida y la puerta abierta al diálogo con todos los actores políticos. Si no se avanza, no es culpa de él. Son los otros los que no quieren acercarse, dialogar. Y que si no quieren hacerlo, no es problema suyo.

Antes de la sesión de preguntas y respuestas dijo: “Yo trabajaré permanentemente en franca disposición al diálogo; estaré abierto a ideas, a propuestas, a proyectos, a acuerdos. Estoy decidido a trabajar junto con el Congreso y con las fuerzas políticas que así quieran hacerlo, para engrandecer este país”. Otra vez: los que no quieran, que no lo hagan; es su problema.

No se ven allí argumentos de un político con aspiraciones de estadista, ni mucho menos de un hombre de Estado con la obligación de hacer más, de darlo todo, para lograr –dentro de la necesaria diversidad ideológica-- la unidad política que urge para el bien del país.

También se le olvidó a Felipe que ya no es candidato en campaña. Que ya es, por una decisión del Tribunal Electoral que no logró darle certidumbre al proceso y al resultado de las elecciones, el presidente electo del país. Cuidó las formas discursivas, pero no dejó de considerar a López Obrador como un irresponsable: “Hago votos para que los liderazgos políticos actúen con responsabilidad. La democracia requiere de demócratas y eso aplica para todos, para quienes ganan y para quienes pierden una elección”.

Otra muestra de que no le quita el sueño si hay o no diálogo con López Obrador, la dio al responder una pregunta sobre si hay tiempo suficiente para un acuerdo con el perredista en relación con el acto de toma de posesión el 1° de diciembre en la Cámara de Diputados, que quieren impedir los legisladores del PRD y el PT.

Dijo estar seguro de que el Congreso cumplirá con su responsabilidad de permitirle tomar posesión en tiempo y forma y en el espacio diseñado para ello. Insistió que él siempre tendrá la mano extendida y la puerta abierta para el diálogo con todos “y, desde luego, con quien fue mi principal contendiente en la campaña electoral”.

Pero, como digo, no le pesa gran cosa si no hay ese acercamiento: “Sin embargo –dijo--, el país tiene que seguir y México va a seguir adelante, México tiene que seguir trabajando y nosotros lo haremos también, independientemente de –lo lamento, desde luego-- la reiterada negativa al diálogo de parte del candidato de la coalición Por el Bien de Todos”.

Insistió: “Lo lamento porque cerrar las puertas al diálogo es cerrarle las puertas a México”.

La pregunta es: ¿qué más hará Felipe para inducir seriamente al diálogo con AMLO? No creo que sea suficiente con lamentarse de la negativa de aquél. ¿Dónde está el político, el negociador, el estadista que quiere ser?

Por si fuera poco, Calderón también dio una probadita de sus ya conocidas fobias hacia personajes internacionales. Más allá de lo anecdótico, lo que importa es resaltar sus descuidos y su imprudencia, que pueden complicar las relaciones de México con el exterior.

Le preguntaron: “¿No le preocupa que no lo hayan llamado para felicitarlo Hugo Chávez y Fidel Castro? Y él, soberbio, dijo: “No, honestamente no”.

Insisto: Empieza mal Felipe.

Comentarios: cgacosta@proceso.com.mx

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