martes, julio 25, 2006

Rehenes de la histeria Roberto Zamarripa

Pesa más la sospecha que la certeza. El candidato que impugna gana credibilidad frente al candidato al que le asignan los votos de más. Uno saca a la calle a millones de personas, otro exhibe sus notables apoyos: Víctor Flores, corrupto entre los corruptos, impresentable entre los mafiosos. Ésa es la carta de legitimidad de quien se ostenta como ganador mayoritario de los votos.

1. La nulidad. Ya se habla de la nulidad de la elección con la misma tranquilidad con la que se salió a votar el 2 de julio. Parece más difícil pensar en un reconteo de votos, casilla por casilla, que en una anulación del proceso electoral.

Los escenarios abiertos de cara a la decisión del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) hacen ahora aparecer como la más débil de las opciones aquella en la que sean rechazadas las impugnaciones partidistas. Los magistrados deben revisar más de 330 juicios de inconformidad, un centenar de ellos del PAN y la mayoría restante, del PRD y han empezado con señales inequívocas de que desean entrar a fondo al problema. Si bien podrían rechazarse algunos juicios, será difícil la totalidad y por tanto la eventualidad de que se declare a Calderón Presidente electo, dada la improcedencia de las impugnaciones.

Jurídicamente, el Tribunal es la última instancia para la determinación de la validez de las impugnaciones. Pero no sólo eso. Es, ante todo, la entidad responsable de la calificación de la elección y la determinación de su validez del proceso en su conjunto.

Pesarán sin duda los alegatos de los contendientes pero también la valoración integral y cualitativa de las condiciones del proceso. Y en medio del ruidero, hay demasiados datos de que instituciones y actores políticos abusaron hasta de su propia ignorancia.

El Tribunal, por tanto, puede decidir la nulidad la pidan o no los partidos.

2. Ruido callejero. Hay mucho susto por la gente en la calle. La primera manifestación de López Obrador en el Zócalo, después del proceso electoral, el sábado 8 de julio, mostró a miles de personas, principalmente de segmentos pobres. La segunda manifestación, el 16 de julio, mostró rostros variados: familias de capas medias, enteras, y los segmentos pobres que, se sabe desde hace tiempo, apoyan a López Obrador. Si la manifestación del 30 de julio es superior a las dos anteriores será difícil llamarse al engaño. López Obrador lleva seis años en campaña y será difícil, muy difícil, minar su fuerza que puede aguantar, tranquilamente, un sexenio más en actividad.

Y también será insostenible el argumento racista y excluyente de la manipulación: los que apoyan a AMLO son manipulados, fieles ciegos de una religión convertida en propaganda política.

Cuando la marcha contra la violencia -aquella donde la gente vistió de blanco y colmó el Zócalo y avenida Reforma- no se condenó que las masas salieran a la calle. Al contrario, la manifestación fue estimulada, promovida, aplaudida por distintos sectores de la población. Incluso hubo una transmisión televisiva.

A quien se condenó fue a Andrés Manuel López Obrador por haber ignorado la masiva demanda de seguridad y había demasiadas razones para espetarle su falta de sensibilidad.

Hay un excesivo desgarramiento de vestiduras en aquellos que piensan que la impugnación jurídica del PRD acompañada de la manifestación callejera daña la democracia mexicana. Muchos de quienes así lo piensan caminaron con Luis Héctor Álvarez en Chihuahua hace dos décadas o con Heriberto Félix en Sinaloa hace un año por los mismos motivos.

Las manifestaciones callejeras no convierten en rehén a la democracia mexicana. Al contrario, la fortalecen. Si algo mostró esta elección es el saldo ciudadano y las ganas de participación no sólo a la hora del voto.

Lo que ha convertido en rehén a la democracia han sido las distintas acciones de desactivación de la participación directa de los ciudadanos.

Por eso, parece sobra la histeria -política e intelectual- y falta la sensatez.



(¿Alguien se acuerda de las casillas especiales? Sí, aquellas que abrieron a tiempo y cerraron tres horas después cuando ya no había boletas. En el Distrito Federal, el promedio de votación de Felipe Calderón en esas casillas especiales y extraordinarias fue del 38.8 por ciento, 11 por ciento más que su promedio nacional.

Según un análisis de Strategos Consultores -entregado a varios gobernadores priistas-, en el total de casillas especiales y extraordinarias, Calderón obtiene un incremento del 57.27 por ciento respecto al porcentaje de su votación nacional en las casillas ordinarias. Y si sólo se consideran las 822 casillas especiales, la sumatoria favorable a Calderón, respecto a su porcentaje nacional, sería de 187.92 por ciento.

Un recuento despejaría sospechas. Una anulación simplemente las confirmaría)

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